martes, 24 de mayo de 2016

La basura no existe.

Si le pusiéramos más atención a los procesos de producción y funcionamiento de las cosas tal vez entenderíamos con más profundidad la realidad de que la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Si de verdad fuéramos conscientes de eso, dejaríamos de creer con tanta vehemencia en la validez del absurdo término “basura”. Todavía en el siglo XXI tenemos atorada esa escatología cerebral, la ingenua creencia de que los objetos perecen y que “tirándolos a la basura” desaparecen. Todavía nos da asco ver, oler y tocar las cosas “inútiles”. Por lo menos queremos quitarlas de la vista para que no estorben en nuestras vidas importantes.

Solamente la gente que vive cerca, en o de los “rellenos sanitarios” sabe y no olvida que los residuos están ahí: apestando, contaminando y generando problemas. Lo que prácticamente nadie ve es que las porquerías no lo serían si no hubiera puercos (en sentido figurado) que las hacen. Que la causa de que haya “basura” es la ignorancia, la ceguera, la falta de interés de los homo sapiens para darle continuidad al valor que alguna vez vieron en las cosas, al generarlas, venderlas, comprarlas, consumirlas.

De vez en cuando es bueno notar que las palabras que usamos para expresar nuestras actividades, determinan que actuemos de cierta forma, cuando las cosas podrían ser diferentes, hasta mejores quizás.

Nótese por ejemplo cómo nos referimos al hecho de comer, beber, comprar, usar, o hasta simplemente tener algo: con la palabra “consumir”. Este término, que también es sinónimo de extinguir y gastar, deja bien claro que nos consideramos destructores de todo lo que pasa por nuestras manos, sea natural o artificial. Los consumidores tienden a olvidar que hasta su mierda sirve de abono.

Se habla de la  “vida útil” de los productos, como si alguna vez dejaran de ser útiles las cosas para alguien con suficiente imaginación. Los fabricantes pierden de vista (o sólo hacen al compradores perder de vista) que la utilidad de los productos es como la materia, como el alma, quizás. Sólo se transforma, sólo se transforma.

Lo que para unos es inútil, a otros los puede sacar de un apuro. La comida que dejaste en el restaurante pudo haberle salvado la vida a un desnutrido. El otro lado del papel que sólo usaste por un lado, pudo ser un libro (o al menos servir para escribir algo modesto como este ensayo). La cáscara de plátano que se revolvió con lo demás, pudo ser los pétalos de una flor de naranjo. Pero tú, ser pensante, decidiste pensar “el desperdicio es inevitable”.

¿Y la basura? La basura es un conjunto de objetos fuera de contexto. En los casos en que todavía no se han convertido en una mezcla ultra peligrosa, se pueden recontextualizar; clasificar, para luego reutilizar creativamente. Desgraciadamente hay muchas personas que creen que recuperar residuos es un acto improductivo. Tienen cosas más importantes que hacer (normalmente, generar basura).

¿Por qué no nos conformamos con ser depredadores? ¿por qué tenemos que ser depredadores estúpidos, que no aprovechan lo que tienen?

Dios reciclaría a nuestra especie.

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