martes, 24 de mayo de 2016

Síndrome del psiquiatra-psicólogo

Trastorno mental  caracterizado por la tendencia a etiquetar las personalidades de todos los demás como si éstos fueran objetos y no personas, así como la ilusión de ver enfermedades mentales en cualquier tipo de comportamiento, aunque éste sea socialmente aceptable y hasta útil para la sociedad, siempre y cuando no sea la conducta propia.

Viene acompañado de un sentimiento de superioridad implícito pero no expresado mediante la palabra.

Característicamente, alguien que sufre este trastorno suele desplazar el acto de la crítica hacia el acto menos comprometedor del diagnóstico médico.

Es peligroso para las personas que rodean al individuo, especialmente cuando se convierten en pacientes de éste, ya que casi siempre conduce a la iatrogenia.

En la mayor parte de los casos se da de forma egosintónica, pero excepcionalmente también puede darse de forma egodistónica (i.e. en doctores o pseudodoctores que son conscientes de su irracionalidad, y sin embargo continúan con este tipo de comportamiento).

No está incluido en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, ni hay medicamentos para tratarlo, ya que quienes lo sufren son los mismos que se encargan de hacer el manual y los medicamentos.

Autodidactas debidamente escolarizados

Aunque el autodidactismo es la única forma de aprender en realidad, casi nadie cree en los que se dicen autodidactas. Los que aprendieron a pesar de la escuela, para cumplir con la escuela, no suelen considerarse autodidactas, pero lo son. Sin una chispa de autodidactismo, nadie sobreviviría al sistema educativo.

El aprendizaje se da normalmente por voluntad propia, aunque se puede estimular al aprendiz con descalificaciones o golpes de vara. Con el paso del tiempo, se le han reconocido ciertos derechos a los estudiantes (por lo menos el de no ser golpeados, aunque hay quienes se lo brincan impunemente).

Más páginas se han dedicado a tratar de corregir los males de la escuela que a criticarla como estructura, y más a esto último que a exaltar el autodidactismo directamente. Universitarios múltiples han escrito duras páginas contra el monstruo institucional que alguna vez los tuvo en sus garras. Critican a la escuela después de haber egresado. Otros escriben directamente desde la academia. Algunos son más descarados que otros. Todos están atrapados en la misma contradicción: les gustaría que la educación fuera distinta pero tuvieron que asumir el sistema que les tocó vivir, para sobrevivir. Escriben más bien para cambiar el futuro, pero ¿quién que haya tenido la posibilidad de asistir a la escuela la ha rechazado en busca de una mejor educación para sí mismo?

Gabriel Zaid ha hecho notar varias veces la distancia cruel que existe entre la conciencia moral y la realidad física o las posibilidades prácticas de la persona con ideas revolucionarias en los tiempos modernos. Las personas y especialmente los intelectuales quisieran perfeccionar el mundo pero viven con limitaciones que a veces no toman en cuenta. Esto es trágico.

¿Cómo nos podemos explicar el hecho de que los críticos de la escuela (aunque no someten su cosmovisión a lo oficial) estudian en la escuela, dan clases y viven del sistema que critican? ¿Cuál ha sido la historia personal de quienes han aborrecido el sistema educativo del país en el que están? A veces, en los mismos textos hay atisbos de explicación sobre esta triste realidad, a veces no.

Iván Illich, fundador de la idea de desescolarización (con su libro La sociedad desescolarizada), histólogo y cristalógrafo por la Universidad de Florencia, filósofo y teólogo por la Universidad Gregoriana de Roma, doctor en historia por la Universidad de Salzburgo, vicerector en la Universidad Católica de Ponce, en Puerto Rico, profesor visitante en la Universidad Estatal de Pensilvania, seminarista en la Universidad de Brema, dice en su libro clave:

“Muchos de lo que se autodenominan revolucionarios son víctimas de la escuela. Incluso ven la "liberación" como el producto de algo institucional. Sólo al librarse uno mismo de la escuela se disipa esa ilusión.”

Esto implica que Illich se consideraba liberado, aunque pasó la mayor parte de su vida en los cuatro muros. Habría que preguntarse a partir de cuándo fue desescolarizado, si es que lo fue, o seguirlo leyendo, ya que después menciona:

“Todos estamos metidos en la escolarización (...) Nuestro intento de desligarnos del concepto de la escuela revelará la resistencia que hallamos en nosotros mismos cuando tratamos de renunciar al consumo ilimitado y a la ubicua suposición de que a los otros se les puede manipular por su propio bien. Nadie está totalmente exento de explotar a otros en el proceso de la escolarización.”

Entonces pareciera que no hay escapatoria, pareciera que “todos” fuéramos escolarizados. Peor aún, sólo los escolarizados cobramos conciencia de los males de la escolarización, los que no alcanzaron la educación “gratuita, laica y obligatoria” se quedan con vanas esperanzas de algo maravilloso, o como dijera una madre lavacoches en la película De Panzazo, el lugar indicado para llegar a “ser alguien en la vida”.

Para Zaid, ingeniero “IMA” (mecánico administrador) egresado del Tecnológico de Monterrey, la escolaridad habría de verse más que nada como una inversión:

“Para efectos de saber, los certificados no valen el papel en que están escritos. Pero son importantes para no ser excluidos de oportunidades negadas a quienes no los tienen. La verdadera razón para pagar el costo (cada vez mayor) de una licenciatura, una maestría, un doctorado, no es aprender, sino evitar la discriminación.”

Nassim Nicholas Taleb, quien se refiere a la educación como una “estafa”, es maestro en ciencia por la Universidad de París, MBA por la Wharton School, de la Universidad de Pensilvania, PhD en ciencias de la administración por la Universidad Dauphine de París, cuenta su perspectiva:

“And my father gave me a complete break after I got published as a teenager in the local paper—“just don’t flunk” was his condition. It was a barbell—play it safe at school and read on your own, have zero expectation from school.”

Yo mismo no me he salido de la escuela y hasta escribo esto desde una computadora que me dieron “por mis buenas calificaciones”. Aunque me esfuerzo por educarme desde afuera, toda la presión social se dirige a que las personas seamos escolarizadas, con título para poder sobresalir de los analfabetas (si no para oprimirlos), cobrando “por hacer lo que nos gusta”.

He oído decir frases como “sólo se puede cambiar el sistema desde adentro”, pero si eso fuera cierto, en la escuela no se estudiaría el trabajo de autodidactas. Creo que podemos organizarnos para hacernos una mejor educación, pero tendrá que pasar tiempo para que se formen muchas células sociales que tengan el valor de combatir la falta de educación y la cerrazón de la instituciones para acabar con la era escolar y conducir a los humanos hacia la libertad plena de conocer por gusto, intercambiar y compartir sin límites, aprovechando toda la tecnología disponible de formas más inteligentes.

La basura no existe.

Si le pusiéramos más atención a los procesos de producción y funcionamiento de las cosas tal vez entenderíamos con más profundidad la realidad de que la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Si de verdad fuéramos conscientes de eso, dejaríamos de creer con tanta vehemencia en la validez del absurdo término “basura”. Todavía en el siglo XXI tenemos atorada esa escatología cerebral, la ingenua creencia de que los objetos perecen y que “tirándolos a la basura” desaparecen. Todavía nos da asco ver, oler y tocar las cosas “inútiles”. Por lo menos queremos quitarlas de la vista para que no estorben en nuestras vidas importantes.

Solamente la gente que vive cerca, en o de los “rellenos sanitarios” sabe y no olvida que los residuos están ahí: apestando, contaminando y generando problemas. Lo que prácticamente nadie ve es que las porquerías no lo serían si no hubiera puercos (en sentido figurado) que las hacen. Que la causa de que haya “basura” es la ignorancia, la ceguera, la falta de interés de los homo sapiens para darle continuidad al valor que alguna vez vieron en las cosas, al generarlas, venderlas, comprarlas, consumirlas.

De vez en cuando es bueno notar que las palabras que usamos para expresar nuestras actividades, determinan que actuemos de cierta forma, cuando las cosas podrían ser diferentes, hasta mejores quizás.

Nótese por ejemplo cómo nos referimos al hecho de comer, beber, comprar, usar, o hasta simplemente tener algo: con la palabra “consumir”. Este término, que también es sinónimo de extinguir y gastar, deja bien claro que nos consideramos destructores de todo lo que pasa por nuestras manos, sea natural o artificial. Los consumidores tienden a olvidar que hasta su mierda sirve de abono.

Se habla de la  “vida útil” de los productos, como si alguna vez dejaran de ser útiles las cosas para alguien con suficiente imaginación. Los fabricantes pierden de vista (o sólo hacen al compradores perder de vista) que la utilidad de los productos es como la materia, como el alma, quizás. Sólo se transforma, sólo se transforma.

Lo que para unos es inútil, a otros los puede sacar de un apuro. La comida que dejaste en el restaurante pudo haberle salvado la vida a un desnutrido. El otro lado del papel que sólo usaste por un lado, pudo ser un libro (o al menos servir para escribir algo modesto como este ensayo). La cáscara de plátano que se revolvió con lo demás, pudo ser los pétalos de una flor de naranjo. Pero tú, ser pensante, decidiste pensar “el desperdicio es inevitable”.

¿Y la basura? La basura es un conjunto de objetos fuera de contexto. En los casos en que todavía no se han convertido en una mezcla ultra peligrosa, se pueden recontextualizar; clasificar, para luego reutilizar creativamente. Desgraciadamente hay muchas personas que creen que recuperar residuos es un acto improductivo. Tienen cosas más importantes que hacer (normalmente, generar basura).

¿Por qué no nos conformamos con ser depredadores? ¿por qué tenemos que ser depredadores estúpidos, que no aprovechan lo que tienen?

Dios reciclaría a nuestra especie.