Aunque el autodidactismo es la única forma de aprender en realidad, casi nadie cree en los que se dicen autodidactas. Los que aprendieron a pesar de la escuela, para cumplir con la escuela, no suelen considerarse autodidactas, pero lo son. Sin una chispa de autodidactismo, nadie sobreviviría al sistema educativo.
El aprendizaje se da normalmente por voluntad propia, aunque se puede estimular al aprendiz con descalificaciones o golpes de vara. Con el paso del tiempo, se le han reconocido ciertos derechos a los estudiantes (por lo menos el de no ser golpeados, aunque hay quienes se lo brincan impunemente).
Más páginas se han dedicado a tratar de corregir los males de la escuela que a criticarla como estructura, y más a esto último que a exaltar el autodidactismo directamente. Universitarios múltiples han escrito duras páginas contra el monstruo institucional que alguna vez los tuvo en sus garras. Critican a la escuela después de haber egresado. Otros escriben directamente desde la academia. Algunos son más descarados que otros. Todos están atrapados en la misma contradicción: les gustaría que la educación fuera distinta pero tuvieron que asumir el sistema que les tocó vivir, para sobrevivir. Escriben más bien para cambiar el futuro, pero ¿quién que haya tenido la posibilidad de asistir a la escuela la ha rechazado en busca de una mejor educación para sí mismo?
Gabriel Zaid ha hecho notar varias veces la distancia cruel que existe entre la conciencia moral y la realidad física o las posibilidades prácticas de la persona con ideas revolucionarias en los tiempos modernos. Las personas y especialmente los intelectuales quisieran perfeccionar el mundo pero viven con limitaciones que a veces no toman en cuenta. Esto es trágico.
¿Cómo nos podemos explicar el hecho de que los críticos de la escuela (aunque no someten su cosmovisión a lo oficial) estudian en la escuela, dan clases y viven del sistema que critican? ¿Cuál ha sido la historia personal de quienes han aborrecido el sistema educativo del país en el que están? A veces, en los mismos textos hay atisbos de explicación sobre esta triste realidad, a veces no.
Iván Illich, fundador de la idea de desescolarización (con su libro La sociedad desescolarizada), histólogo y cristalógrafo por la Universidad de Florencia, filósofo y teólogo por la Universidad Gregoriana de Roma, doctor en historia por la Universidad de Salzburgo, vicerector en la Universidad Católica de Ponce, en Puerto Rico, profesor visitante en la Universidad Estatal de Pensilvania, seminarista en la Universidad de Brema, dice en su libro clave:
“Muchos de lo que se autodenominan revolucionarios son víctimas de la escuela. Incluso ven la "liberación" como el producto de algo institucional. Sólo al librarse uno mismo de la escuela se disipa esa ilusión.”
Esto implica que Illich se consideraba liberado, aunque pasó la mayor parte de su vida en los cuatro muros. Habría que preguntarse a partir de cuándo fue desescolarizado, si es que lo fue, o seguirlo leyendo, ya que después menciona:
“Todos estamos metidos en la escolarización (...) Nuestro intento de desligarnos del concepto de la escuela revelará la resistencia que hallamos en nosotros mismos cuando tratamos de renunciar al consumo ilimitado y a la ubicua suposición de que a los otros se les puede manipular por su propio bien. Nadie está totalmente exento de explotar a otros en el proceso de la escolarización.”
Entonces pareciera que no hay escapatoria, pareciera que “todos” fuéramos escolarizados. Peor aún, sólo los escolarizados cobramos conciencia de los males de la escolarización, los que no alcanzaron la educación “gratuita, laica y obligatoria” se quedan con vanas esperanzas de algo maravilloso, o como dijera una madre lavacoches en la película De Panzazo, el lugar indicado para llegar a “ser alguien en la vida”.
Para Zaid, ingeniero “IMA” (mecánico administrador) egresado del Tecnológico de Monterrey, la escolaridad habría de verse más que nada como una inversión:
“Para efectos de saber, los certificados no valen el papel en que están escritos. Pero son importantes para no ser excluidos de oportunidades negadas a quienes no los tienen. La verdadera razón para pagar el costo (cada vez mayor) de una licenciatura, una maestría, un doctorado, no es aprender, sino evitar la discriminación.”
Nassim Nicholas Taleb, quien se refiere a la educación como una “estafa”, es maestro en ciencia por la Universidad de París, MBA por la Wharton School, de la Universidad de Pensilvania, PhD en ciencias de la administración por la Universidad Dauphine de París, cuenta su perspectiva:
“And my father gave me a complete break after I got published as a teenager in the local paper—“just don’t flunk” was his condition. It was a barbell—play it safe at school and read on your own, have zero expectation from school.”
Yo mismo no me he salido de la escuela y hasta escribo esto desde una computadora que me dieron “por mis buenas calificaciones”. Aunque me esfuerzo por educarme desde afuera, toda la presión social se dirige a que las personas seamos escolarizadas, con título para poder sobresalir de los analfabetas (si no para oprimirlos), cobrando “por hacer lo que nos gusta”.
He oído decir frases como “sólo se puede cambiar el sistema desde adentro”, pero si eso fuera cierto, en la escuela no se estudiaría el trabajo de autodidactas. Creo que podemos organizarnos para hacernos una mejor educación, pero tendrá que pasar tiempo para que se formen muchas células sociales que tengan el valor de combatir la falta de educación y la cerrazón de la instituciones para acabar con la era escolar y conducir a los humanos hacia la libertad plena de conocer por gusto, intercambiar y compartir sin límites, aprovechando toda la tecnología disponible de formas más inteligentes.