sábado, 5 de marzo de 2016

Frugalidad y oportunidad

El ser humano es por naturaleza multitarea: se respira mientras se digiere mientras se escucha mientras se piensa. ¿Cuántas cosas puede hacer uno simultánea, pero correctamente? Dice Aaron Haspel que ni las computadoras hacen varias cosas al mismo tiempo.

Mas aún tomando en cuenta que existe el peligro de la distracción, de perder la calidad en lo que se hace, hay actividades superpuestas, cosas que son al mismo tiempo otras. La bicicleta es transporte, recreo, ejercicio…Tal vez parezca que esto es darle muchos nombres a una sola actividad, pero también parece preferible eso que por concentrarse en hacer ejercicio se derroche la energía vital en el gym, en una bicicleta de spinning, que a efectos del ejercicio da lo mismo, pero quita los otros beneficios.

Matar dos pájaros de un tiro es el único tipo de multitasking útil (tomándolo, desde luego, en un sentido no literal). ¿Por qué se pueden matar dos pájaros de un tiro? porque la fuerza de la bala tiene desperdicio, hay algo que sobra; con ese sobrante se mata al otro pájaro. De la misma manera, la fuerza que en un spinning se gasta en fricción inútil, puede mover a una persona o generar electricidad. El suelo es un enorme plato que desperdiciamos por no comer afuera para tirar lo orgánico a la tierra. También es un lavabo que se desperdicia por no lavarse los dientes afuera para escupir la comida en los arbustos. La razón de esto es que comemos cosas antinaturales y nos ponemos tantas porquerías en el cuerpo (pastas, jabones, afeites) que nos da vergüenza tirarlo a la tierra. Finalmente lo seguimos haciendo, solo que a través de invisibles tubos debajo de nuestros pies o el servicio de recolección local.

El estado de ánimo es una (micro)coyuntura que puede ser muy útil para dirigir nuestra vida cuando no sabemos a dónde vamos. Hay que conocerse a uno mismo para detectar la mejor actividad del momento que se siente. El recreo, es decir, la diversión, la satisfacción que pueda ocurrir, no depende del tipo de actividad sino de ese estado. Las pasiones internas, dentro de ciertos límites, pueden ser una buena guía para determinar las decisiones. Los estímulos externos son la otra cara de la moneda (unos predominarán sobre las otras, a menos que consigas alinearlos), servir a las necesidades del prójimo inmediato. Sin importar si es tu jefe o tú eres su jefe, eso es meramente ilusorio, pues la razón a veces se encuentra en unos y luego en otros. Nadie es completamente superior, sino en ciertos momentos.

La coyuntura tímica (del estado de ánimo) está íntimamente ligada con la teleología del individuo. La concentración ayuda cuando queremos cumplir un objetivo definido, solamente en el marco de esa teleología. Si nuestro objetivo es desconocido, la dispersión cobra un nuevo valor. Pareciera que casi nadie le da valor a la dispersión. ¿A qué se debe? Probablemente a que la mayoría piensa en términos de objetivos conocidos. Como escribió Lewis Carroll: si no sabes a dónde vas, no importa qué camino tomes. Todos parecen tener muy claro a dónde van.

El aprovechamiento total de las oportunidades, es decir, de la mejor cosa que uno puede hacer en un momento determinado de su vida (una especie de one best way), está relacionado con el taylorismo, pero al ser filosófico, es decir, al preocuparse por objetivos más altos que ganar dinero o ganar productividad, es más radical. Tal vez también por ser individual, por no imponerse a otros, sino surgir de un instinto del trabajo eficaz interior, es más radical que organizar una línea de producción en una fábrica ajena.

El chiste es conseguir los objetivos. Pero el objetivo más alto es no tener objetivos. El deseo más valioso es no desear. Es paradójico, y por eso funciona, porque la paradoja es una parte esencial del funcionamiento del mundo.

Conocerse a uno mismo quiere decir, notar las propias contradicciones, darse cuenta de que tenemos objetivos opuestos, que somos inconsistentes, y usar esa inconsistencia a nuestro favor. Los contrarios que se manifiestan en nuestra mente pueden ser nuestro refugio. Por ejemplo, si tengo el problema de que mi familia pide lavar los trastes, tengo la habilidad de pensar que lavar los trastes es muy padre. Si soy muy ignorante en algo, es lo que hace interesante investigar. Si no fuera por la ignorancia, no podría existir el descubrimiento o la revelación. Si no durmiéramos nunca, no sería tan apreciado el estar despierto. Si no muriéramos nunca, qué aburrido estar vivo.  Y así sucesivamente.

Al mismo tiempo que en el discurso se habla de productividad, pareciera que la sociedad está dominada por la molicie. Lo que una persona normal disfruta no es su trabajo o su estudio, sino echarse en un mullido sofá a ver Netflix.

Antes la gente se preguntaba qué hacer en un día de lluvia. Hoy en día no distinguimos los días lluviosos de los soleados, porque pase lo que pase nuestra pantalla es nuestra “diversión”. Estar en la pantalla es algo muy serio, jugar era una actividad creativa: hoy consiste en moverse a través de una realidad virtual, disfrutando el mundo de fantasía creado por otros. Los que lo crearon, al ser pagados, consideraron que era su trabajo, por lo mismo muchas veces aborrecible.

Incluso para el consumo de entretenimiento, existe una especie de minicoyuntura. Hay un momento perfecto para leer cierto libro o ver cierta película o escuchar cierta música. Un crítico puede ayudar (a veces) a saber quién necesita qué. Pero el momento específico del antojo es algo únicamente determinado por el consumidor.

De ahí la belleza de las bibliotecas y especialmente de la disponibilidad universal de la información en Internet. Los promotores de la propiedad intelectual tradicional de “todos los derechos reservados”, pierden de vista que es más importante la disponibilidad de sus obras que la remuneración económica, a menos que sus obras estén creadas y diseñadas no como arte o comunicación, sino como mercancías (virtuales) cuyo único objetivo es venderse al más alto precio que se pueda.

Las personas justifican su improductividad argumentando la búsqueda de la eficiencia. Si les dices platica más dicen "no querer perder el tiempo", si les dices "produce más" dicen "me da hueva". Es un fenómeno parecido a lo que veía Sor Juana Inés de la Cruz sobre el amor de los hombres a las mujeres en parte de su poema más famoso:

"Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis."

Esa necedad puede ser aprovechada si uno adquiere la virtud de la flexibilidad. Si una persona le increpa algo, trata de complacerla. Al siguiente instante le increpa de lo opuesto, entonces estará feliz de volver a su estado original. Y viendo estos opuestos, uno será feliz, pase lo que pase.

Físicamente se expresa en la realidad del masoquismo. El hecho de que se pueda sentir placer con el dolor es la expresión más exacta de la libertad que existe. Si uno tiene la capacidad de ser masoquista, pero no lo es sino cuando se requiere, tiene el poder de captar el ritmo contradictorio de la voluntad del prójimo.

Por taylorismo entiendo por ejemplo eso que saben las mucamas experimentadas: que es mejor mover muchas cosas en un solo traslado, que hacer un traslado por cada cosa. Es la organización del tiempo y el movimiento de tal manera que no se desperdicie.

Puede haber una búsqueda del aprovechamiento total, no solamente de los recursos, sino también de la situación espacial y el tiempo. Esto es la (mini)coyuntura, la oportunidad que se tiene en un momento específico. Estar acostado ¿es peor que estar sentado? Estar en movimiento ¿es mejor que estar en reposo? Producir ¿es mejor que consumir? ¿Qué es producir? Se da por sentado que ya se sabe cómo producir y que lo único que hace falta es hacerlo, sacando energía del fondo del metabolismo para sobreponerse a uno mismo (o sobreponerse a los otros).

“Hay un tiempo para todo" tiene sentido si se toma en un tono no determinista, sino de adaptación a lo que pasa. Hay un tiempo para todo, pero no es un tiempo que YO le voy a dar a las cosas. Es el tiempo en que las cosas pasarán, y entonces hay que agradecer a la Providencia y aprovechar lo que hay. Aprovecha lo que tienes y lo que no tienes. Deberías usar el taylorismo siempre que sea pertinente. No dogmático o neurótico, no para oprimir sino para liberar.

Si como sociedad tuviéramos la capacidad de organizar nuestros tiempos y movimientos en conjunto, no echaríamos tanto humo al ambiente porque no moveríamos tantos vehículos innecesariamente. Hay una gran cantidad de movimiento sobrante en las vías de comunicación de una ciudad moderna. El comercio parece ser una forma de trasladar la información material al lugar donde se requiere en el mejor tiempo posible: el tiempo de la necesidad. Una persona consciente compra lo que necesita, en el momento que lo requiere. O bien, aprovecha las supergangas.

“Descansar haciendo adobes” es una frase donde se vislumbra una productividad total, en la cual el descanso y el trabajo están ligados. Más aún, puede ser que las palabras trabajo y descanso solamente dependan del caso, el momento y la perspectiva. Una demostración más radical de esto está contenida en la historia de Las aventuras de Tom Sawyer (de Mark Twain), en la que su abuela lo obliga a pintar la cerca de su casa. Él aparenta disfrutarlo mucho, al grado de que sus amigos le piden permiso para ayudarle. Llega al extremo de que todos le ofrecen lo que tienen, con tal de que les dé chance de pintar, actividad que al principio era una repulsiva obligación.

Una idea que parecería oponerse a la productividad total es la de un vacío real. El intento por no hacer nada en ciertos momentos, con el deseo superficial de no lograr, puede que conlleve en el fondo el afán de hacer las cosas de mejor manera. “Ser y no ser se generan el uno al otro”, dicen, por ejemplo, los chinos. Es imposible hacer nada, por lo que la cuestión radica en qué pasará si se intenta. Hay que tomar las cosas del pasado que sean más económicas que algunas prácticas "modernas". Eso es fluir con el Tao. Tener la capacidad de ser pobre si se es rico y de ser rico si se es pobre. Uno puede creer que solo lo primero es posible, mas se le podría objetar su concepto de riqueza.

Parte del valor de una persona consiste en la capacidad de salir instantáneamente de una situación para adaptarse a una nueva que se presenta de súbito. El poder cambiar de actividad cuando se requiere aumenta la felicidad vital. "El momento adecuado determina la calidad del movimiento" dice Lao-Tsé. Esta capacidad de adaptación, no se percibe como algo tan valioso como las virtudes proactivas. La pasividad tiene una utilidad. La capacidad de percibir, es una capacidad, no una debilidad. Pero es bueno que parezca debilidad, precisamente para que nadie la tome en cuenta.

¿Hay cosas que necesitan hacerse para poder percibir mejor? Por ejemplo, para poder ver un microbio con claridad necesito hacer dinero para comprar un microscopio que me permita verlo. Sí, pero lo primero es percibir. Nada me permite hacer dinero sino la capacidad de aprender a hacer algo útil. No se puede aprender sin entrenar la atención. Todo el mundo puede (y necesita) entrenar la atención.

El pensamiento oriental es antifrágil porque acepta el pensamiento y el no-pensamiento. No se puede sufrir así. Si no tienes nada qué pensar, eres un iluminado. Si tienes algo que pensar, triunfarás en Occidente. ¿Será que lo antifrágil es opcionalidad entre culturas? Los budistas absorben las capacidades de los occidentales mediante su tolerancia. Ellos son capaces de sugerir alternancia entre pensamiento y meditación. Cualquiera que haya practicado la meditación sabe que cuanto más tratas de pensar, menos te sale. Cuanto más tratas de callar la mente, más habla. Para los productivistas lo bueno es estar todo el tiempo pensando, porque el que no piensa es tonto. Para los orientalistas no hay bueno o malo, sino una realidad cambiante.

¿Tu cerebro está en blanco? estás meditando, digamos.

¿Piensas en algo? escríbelo.

¿Es una tontería? eso no lo sabes.

Quizás sea algo muy personal, pero tú no sabes si es una tontería, tontín.

Uno puede pensar que el pensamiento nunca cobra exactamente la misma forma, que los procesos y discursos mentales nunca se dan iguales en un cerebro, que la mente va progresando. Escuchar a una persona con Alzheimer puede demostrarnos la vanidad de nuestras ideas y lo expuestos que estamos a ser un Sísifo de la conversación.

Si todo el tiempo piensas, todo el tiempo puedes escribir, en principio. Pero hay momentos en que no piensas. Benditos sean esos momentos.

En la sociedad occidental parece que el mundo de los libros equivale al mundo del bien, que acabarse las libretas es un signo de virtud. Escribir libros conduce a la fama, a la riqueza o por lo menos a la erudición y el conocimiento de uno mismo.  La capacidad de permanecer con tu propio nombre estampado en un contenedor de tus ideas es suficientemente atrayente (tanto que terminas enfocándote en tu nombre). Ir a la escuela y terminar escribiendo una tesis es el medio para sobrevivir socialmente.

Aunque en alguna época no existiera la escritura, es bueno escribir, pues la escritura es al mismo tiempo recreo, experimento, ejercicio, comunicación, registro y muchas cosas más. Sin embargo para los orientales el pensamiento mismo, al ser algo tan sensorial como el olfato, puede degenerar en vicio, puede ser excesivo.

La práctica de la teoría es mental. Lo que importa ahí no es (tanto) el desplazamiento físico de los dedos por las letras del teclado, o el deslizamiento del lápiz, sino todo lo que pasa en la cabeza. Mozart le llegó a decir a su padre en una carta que su ópera Idomeneo ya estaba toda compuesta, que solo faltaba escribirla.

Dadas las condiciones del cuerpo humano, que necesita mucho más movimiento, se ha tratado de buscar un equilibrio cuerpo/mente desde la antigüedad mediante el ejercicio. Los griegos separaban a los esclavos de los hombres libres, y nosotros lo seguimos haciendo. La gente que trabaja más físicamente gana menos. ¿No habría forma de conjuntar libertad y esclavitud, de desarrollar el físico al hacer un trabajo útil y no como parte de una rutina ociosa cuyo único objetivo sea darle cierta forma al cuerpo para mejorar su salud?

Siempre será mejor usar la bicicleta como medio de transporte que ejercitarse en una fija. Siempre será mejor cargar cajas o maletas que pesas. Siempre será mejor correr hacia donde se tiene que llegar que correr en círculos. El deporte organizado tiende al desperdicio energético.

Las esclavitudes libres que están más inmediatas a todo individuo empiezan por el tendido de la cama y se van extendiendo en el ordenamiento de la alcoba, de otras alcobas y toda la casa, de la calle en la que se vive, del ayudar a los vecinos, y de ahí progresivamente a lo que es la política del municipio, del estado, del país y del mundo, en donde ya se requiere una filosofía muy buena para no cometer errores colosales. Todo empieza en tender la cama, para aprender a distinguir cuándo se requiere la fuerza y cuándo sería un desperdicio utilizarla.

Actividades útiles un poco más periféricas pero igual de físicas serían el aprendizaje de un oficio, como reparar cosas, quitar y poner tornillos o trabajar la madera. Para los lectores, los grandes libros desarrollan el cerebro, mientras que los libros grandes, el músculo. Esto es lo que mi amigo Víctor Montiel denominó “culturismo”. Contar con una gran biblioteca es la oportunidad perfecta para moverse físicamente. La organización de tanto libro puede parecer agotadora. Ese es el punto. Si no fuera agotadora, ni por qué mencionarla.

Los escritores luchan por los derechos de autor, los cuales “les permiten dedicarse a escribir y vivir de eso”, les proporcionan las calorías, proteínas, etc. necesarias para hacerlo. El error es querer vivir de eso. Está muy bien escribir si se puede hacerlo, mas otra cosa diferente es cobrar por platicar, por exaltar el ego, incluso si es por un progreso objetivo de la sociedad.

No se justifica que un gordo gane dinero escribiendo y luego vaya al gimnasio a quemar calorías, mientras un pobre se quiebra el lomo para fabricar una cuchara. No es justo que alguien se haga rico por decir lo que quiere. Porque el decir debe tener un sentido, no es algo que se fabrique como una cuchara, y porque lo más urgente en nuestra sociedad es que la buena información fluya, no que los escritores tengan una productividad vulgar.

Se te puede cansar la mano igual copiando una lista de palabras sin sentido que escribiendo una obra maestra. Por esto, no hay que cansar la mano gratuitamente: hay que esperar a que la obra maestra estalle en tu cabeza, para escribir las iluminaciones, las epifanías en el momento en que se presentan. Lo demás es ruido. Pero ¿dónde queda la práctica? Dejar de escribir estupideces (de hacer ruido) es una práctica en sí misma. Un objetivo a buscar.

Esto desde cierta perspectiva, pero ¿no será que la forma de conseguir una buena frase es escribir muchas estupideces? El flujo de pensamiento natural puede ser registrado. Los balbuceos mentales, ¿son meditaciones? ¿Por qué darle toda la prioridad siempre a la razón, al argumento, a lo articulado? ¿puede uno mantenerse escribiendo para siempre? Según la condena de los budistas (la mente nunca se calla), sí. Entonces no hagas nada. Acepta lo que Dios te hace hacer. Deja que tu información fluya y haz todo el trabajo sin esforzarte.

Puede ser, pero no debería venderse. La contaminación existe y no es buena. No ves las consecuencias de escribir una porquería o hacer una mala publicación en Facebook, sin embargo hay una realidad de costos más allá de tu propia pantalla.

¿Cómo esperar las obras maestras, cómo esforzarse por no esforzarse cuando tienes un maestro de escuela que te exige una tarea para cierta fecha sin prórroga, o un editor? ¿Qué autenticidad puede tener un personaje que el escritor se haya visto obligado a revivir artificialmente por exigencia de sus lectores? ¿Qué valor tiene?

Abundan los trabajos de oficina, esclavitudes “menos cansadas” que el trabajo de un jardinero. Se ha descubierto la letalidad de permanecer sentado mucho tiempo, aunque desde hace mucho se habla de los males del sedentarismo. Está mal que separemos el trabajo físico del mental. Eso de "te ganarás el pan con el sudor de tu frente" no es una maldición o una condena divina. Es una gracia. Lo malo sería que Dios hubiera dicho: "Te ganarás el pan sentado en tu computadora hasta que se te borre la raya. Luego irás al gimnasio a sudar inútilmente, y pagarás membresía".

Si colocamos dos ideas como "aprovecha cada vez que tengas un lápiz con buena punta, un buen tiempo y un buen papel para escribir todo lo que puedas" y "no desperdicies papel, usa solo lo indispensable para los mejores pensamientos" nos damos cuenta de que son mutuamente excluyentes. Al aprovechar unas cosas, otras se desperdician. El aprovechamiento de lo invisible, cuesta cosas tangibles. El ahorro de lo tangible, derrocha oportunidades invisibles.

El pensamiento ecológico más profundo sería aquel que no centrara su visión en el hombre sino que aceptase su posible desaparición. Es ver la contaminación como algo natural. Y también son naturales los esfuerzos por dejar de contaminar. Es la filosofía estoica, o por lo menos ésta lo fundamentaría. Es necesario aprender a distinguir lo que depende de ti de lo que no. ¿Qué es para los cristianos servir a Dios sino seguir el orden de los acontecimientos ajenos a la propia voluntad? Esta parece ser la forma más segura de hacer el bien, en lugar de intentarlo sin lograrlo. Es natural que las cosas “malas” que no dependen de ti pasen y es natural la confusión entre el conservar y el progresar. Es natural el esfuerzo por salir del estado de naturaleza.

Un conocido aforismo para los médicos, atribuido a Hipócrates, dice que lo primero es no hacer daño. De la misma manera, para todo aquel que no quiera tirar sus recursos a la basura y despreciar la Providencia, el aforismo sería “Primum non movere”: primero no moverse. El miedo y asco a dejar de producir ¿es natural? es algo útil que hay que dejar ser. O no es útil pero hay que dejarlo ser para que se acabe. La forma de acabar con un mal interior es dejarlo pasar, sin oponer resistencia. El miedo a dejar de producir disminuye tu productividad. La aversión hacia este, lo único que hace es extenderlo.

Las personas serían mucho más productivas si en lugar de empezar por sus ambiciones más remotas e improbables, se dieran cuenta de que para actuar en cualquier dirección deben empezar por su posición actual. Para moverse, partir de lo cercano; para aprender, partir de lo conocido.

Esto es difícil de implementar en las mentalidades modernas, porque aunque en la realidad física sean bastante perezosos, en la teoría lo mejor es estar en movimiento todo el tiempo, realizar todo lo posible y de paso cambiar el mundo. Los hermanos Frank Gilbreth y Lillian M. Gilbreth vieron la importancia del descanso, de hacer pausas con el objetivo de aumentar la productividad y escribieron un libro llamado Fatigue Study: The Elimination of Humanity's Greatest Unnecessary Waste; a First Step in Motion Study.

¿Por qué una persona aficionada al deporte puede tener flojera de hacer un favor o de acomodar su cuarto? Si es tanta fuerza la que contiene su cuerpo, ¿cómo es posible que le canse lavar los trastes?

¿Por qué una persona que todos los días piensa en modificar el mundo o cree hacerlo o peor aún, que realmente lo hace, es incapaz de implementar un hábito diferente en su vida personal?

Jenofonte tenía un recuerdo de Socrates platicando con Glaucón, un joven que quería ser gobernante de la ciudad. Le preguntaba sobre datos elementales de la economía local y no sabía nada. Al final lo que le mostró el filósofo es que no podría atender a las necesidades de diez mil casas si no podía organizarse en la propia. Una lección que no les vendría mal a ciertos gobernantes de nuestro tiempo.

¿Hay gente que trabaja por necesidad o todos trabajan por lujo? ¿Qué es necesario? No lo es tener un celular, mucho menos un auto. Esas ilusiones hacen trabajar a muchos. El hambre se puede curar ayunando, hasta cierto punto. No cabe duda de que mucha gente no trabaja por necesidad. Hay que trabajar por lo que hace falta, pues es indigno y sumamente peligroso hacer cosas innecesarias mientras otras urgen.

Hoy en día, en varias capas de la sociedad no falta materia sino sentido. ¿Cuál sentido hace falta? La erradicación del sufrimiento ¿Por dónde comenzar? Por uno mismo ¿Qué hace sufrir? No tener. No ser. No hacer. ¿Qué es imperativo? Dejar de sufrir por eso.